HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 30

Octubre 1975

Como íbamos diciendo: Mi Generación parecía renacer de sus cenizas con algo que sonaba a nuevo contrato discográfico.

Fusioon

Una buena amistad y franca admiración mutua nos unían con Fusioon desde que empezamos a coincidir en los veranos ibicencos. En 1972 ya requirieron nuestra colaboración vocal en su primer LP, “Fusioon I”, colaboración que ahora, en 1975, solicitaban de nuevo para su tercer álbum “Minorisa”. Fue en ese momento cuando pareció cambiar nuestra suerte.

Santi Arisa, su líder y baterista, era un tipo lleno de energía que irrumpió como un ciclón en nuestras vidas al convertirse en nuestro productor y “tutor” musical, dándonos además algunas clases en su propia casa, para sacarnos un poco de la ignorancia que la mayoría de nosotros padecía respecto a la música escrita. Todo iba a ser fantástico y estupendo. Ariola, la compañía a la que estaba vinculado, desde luego, era más potente que Palobal. Así que, en ese ambiente optimista me decidí a acometer mi mayor sueño -aparte de recuperar algún día el amor de Marita-, y afrontar la segunda etapa de nuestra carrera con nuevos instrumentos, nuevo sonido y nuevos bríos.

EL RIKENBACKER QUE NUNCA LLEGUÉ A TENER

Mi bajista más admirado por aquel tiempo era Chris Squire, el de Yes, al que llevaba intentando parecerme desde que escuché el álbum Fragile, y de quien conseguí copiar hasta la última nota la vertiginosa línea de bajo de “Roundabout”, cantando al mismo tiempo la voz solista cuando incorporamos el tema al repertorio de Mi Generación en el 73; algo quasi circense, era el “más difícil todavía”, ya que él, no la cantaba.

Aparte de su virtuosismo, se suponía que el secreto de su prodigioso sonido eran un bajo Rikenbacker y un amplificador Orange, y ellos eran mi sueño dorado. Sólo había un problema: ambos eran carísimos.

Por esa misma razón se veían muy pocos en España, pero un día descubrí un espectacular Rikenbacker blanco en New-Phono. El precio era escalofriante: 175.000 pesetas por aquel bajo, no obstante, osé aún preguntar por el amplificador Orange. Me dijeron que no tenían ninguno pero lo podían encargar a Inglaterra, y el precio de catálogo del modelo que yo quería, el de 200 vatios con doble baffle era de 325.000 pesetas, justo medio milloncete de la época valía mi capricho de sonar como Chris Squire. Casi como cuatro SEAT 600.

– Tengo que hacer cuentas -le dije al Sr. Massó fingiendo no estar impresionado por aquellos precios exorbitantes-.

Era consciente de que todo aquello quedaba fuera de mi alcance, pero… el deseo era mucho, yo siempre he sido un pobre esclavo del deseo, y he sucumbido a las tentaciones de ese tipo y de algún otro, como ya saben ustedes.

Se me ocurrió entonces la que probablemente fue la peor idea de mi vida: ofrecer como entrada mi bajo Fender, que tenía infravalorado porque sólo me había costado 15.000 pesetas, y mi amplificador Music-Son que estaba reventado por el uso, sin creer ni por asomo que mi oferta fuera a ser aceptada; total, el no ya lo llevaba por delante. Pero Massó entendía de instrumentos mucho más que yo y, para mi sorpresa, dijo que sí en cuanto abrió el estuche del bajo, le dio un rápido vistazo y comprobó el número de serie.

– El bajo te lo valoro en cuarenta mil pelas, pero el “ampli” no vale nada; te doy dos mil quinientas, por hacerte un favor.

– ¡Vaya chollo! -pensé inocentemente- es más de lo que pagué, y lo he tenido cuatro años.

El Rikenbacker que yo quería ya había sido vendido, pero mi encargo quedó formalizado en el acto.

– Dentro de un par de semanas lo tienes todo aquí -me aseguró- y entonces hacemos las letras. ¿En cuánto tiempo lo quieres pagar?

– ¿En cuánto tiempo puedo?

– Treinta y seis meses.

– Pues eso.

– Bueno, pues me traes treinta y seis letras de hasta tanto importe, y otras treinta y seis de hasta cuanto. Eso va a tu cargo.

– Vale.

Cuando volví a la tienda después de dos semanas de impaciencia, el Orange había llegado, pero el bajo no. El joven empleado, que también era un acreditado bajista, me planteó un serio dilema.

– ¿Por qué quieres un Rikenbacker?

– Quiero ese sonido roto y contundente que tiene Chris Squire.

– Mira, acaba de salir este nuevo modelo de Gibson, el Ripper. Pruébalo. En la posición tres, tienes ese mismo sonido, y cuesta cincuenta mil pelas menos.

Era cierto. Lo probé, y me convenció. Era una preciosidad. Completamente negro y con el diapasón de ébano. Sólo un defecto: no estaba bien equilibrado y cabeceaba un poco, pero su infinita gama de sonidos hacía que valiera la pena transigir con aquel leve fallo.

Me gustó tanto, que ya no quise esperar más a que llegara el de mis sueños. Cerramos el trato, firmé letras hasta que me dolió la mano (exactamente setenta y dos), y con los intereses, la cosa superaba el medio millón de pesetas. Entregué sin sentir nada ni dudarlo un momento mi viejo Fender, me olvidé para siempre del Rikenbacker, y salí de allí con mi flamante GIBSON RIPPER.

En ningún momento se me había ocurrido indagar si la historia que me contó Edie Amorós cuando trataba de venderme el bajo del que me acababa de desprender era cierta, eso a pesar de que las firmas de tres Beatles estaban estampadas en la fantástica correa que lo acompañaba. Sin embargo, era escamante la confianza que me demostró el viejo zorro de Massó, al aceptarme todas aquellas letras, sin aval alguno, y dados los precedentes sentados por “otros” de mi grupo.

Yo aún tardé unos años en descubrir la verdad, pero este capítulo que omití en su momento cronológico, cuando andábamos por 1971, creo que debéis conocerlo. Así que teniendo en cuenta que la Historia de Mi Generación está llegando a su fin, y me da bastante pena, permitídme incluirlo ahora como ilustración del por qué afirmo que, desprenderme de mi Fender Jazz, fue la peor ocurrencia de mi vida.

“MEMORIAS DE LA CIGARRA”  Capítulo 28

MI FENDER JAZZ BASS

Con el dinero que ibamos ganando en los últimos tiempos, conseguí juntar algunos ahorrillos y cumplir uno de los sueños de todo bajista, comprarme un Fender Jazz Bass.

Supongo que debió ser a través los hermanos Durán que me llegó la onda de que Eduardo Amorós (Edie), cierto famoso bajista que perteneció a Los Mustang en alguna época, pero de quien yo ni había oído hablar, tenía el suyo en venta. Nos pusimos en contacto y la oferta me interesó, no pedía mucho dinero aunque para mi -casi siempre en la miseria- sí que lo era.

Edie, un joven mundano, simpático y buen vendedor, me lo trajo para probarlo convencido de que, una vez que lo tuviese en mis manos, daría cualquier cosa por hacerme con él. Me explicó que dejaba la música para dedicarse al negocio del automóvil, pero además me contó una asombrosa historia respecto al instrumento que yo fingí creerme por no ser descortés y espetarle: “¡vaya trola!”, que es lo que estaba pensando.

Seguramente usted pensará lo mismo cuando la lea.

AQUEL BAJO HABÍA PERTENECIDO A LOS BEATLES

Según su relato, por pertenecer a la misma compañía discográfica EMI-ODEÓN, Los Mustang y The Beatles, habían coincidido en ocasiones en el mismo escenario. Una de ellas fue en Holanda, creo que en Rotterdam, y allí, en el “backstage”, fue donde Edie descubrió por azar un bajo para diestros que no se utilizaba obviamente, ya que Paul es zurdo. Por otra parte, se le ha visto tocar con Hofner (el célebre violín) y Rikenbacker, pero nunca con Fender que yo sepa.

La explicación que le dieron era que pertenecía a John, pero que desde hacía mucho tiempo no estaba interesado en él, de modo que el pobrecito andaba dando tumbos por el mundo, de avión en avión y de camión en camión, sin un par de manos con callos en las yemas de los dedos que llevarse a las cuerdas.

Preguntó si se lo venderían y accedieron. Como recuerdo, le autografiaron la correa y además le incluyeron en el precio el estuche especialmente construido en plancha de acero, a prueba de agua y fuego, y capaz de resistir el peso de un hombre.

Fin.

Ciertamente, el instrumento valía mucho más de las quince mil pesetas que me pidió -debían hacerle mucha falta- y me lo hubiera quedado igual sin necesidad de toda aquella aureola de leyenda y gloria en que venía envuelto, y que me pareció una invención destinada a presumir de haberse codeado con mis máximos ídolos y, de paso, consumar la venta.

Pero lo cierto es que cuando me entregó aquel estuche negro cerrado, noté que pesaba como si realmente fuera de hierro y lo era. El bajo estaba impecable, sin rayaduras visibles y con todos sus herrajes relucientes, y cuando me atreví a colgármelo descubrí que venía acompañado de la correa más impresionante que he visto jamás. Era de grueso cuero que fue claro originalmente, pero estaba oscurecido ya por el manoseo, recubierta en gran parte por láminas de latón que parecían grandes escamas que habían perdido el brillo por la misma causa, y dispuestas solapadamente, como sobre la piel de un pez, de modo que se abrían al curvar la correa y se cerraban al estirarla.

Lo más increíble era que los extremos, libres de “escamas”, estaban casi totalmente cubiertos de firmas, entre las que pude reconocer las de tres Beatles -no recuerdo cuál no estaba- amén de dedicatorias, lemas y frases graciosas en inglés, escritas por distintas manos con diferentes tintas y variadas caligrafías.

Todo aquello daba tal verosimilitud a la historia de Edie que, de tan evidente, me reafirmó en mi convencimiento de que era falsa. ¿Cómo iba alguien a querer desprenderse de aquella joya si las firmas fuesen auténticas?. Y menos por aquel precio irrisorio.

Pero mi escepticismo no me impidió apreciar la calidad propia del instrumento y cerramos el trato. Accedí a pagar las quince mil pesetas sin regatear, que -aparte de injusto en aquel caso- siempre me ha parecido una villanía, y él me extendió una correctísima factura. Así que el día 25 de Julio de 1971 me convertí en propietario legal y gozoso del Fender Jazz Bass con el número de serie 212794.

Por si hasta aquí la cuestión quedaba poco clara, aquí viene la segunda parte:

Tras unos meses de feliz idilio entre mi Jazz Bass y yo, recibo en casa de mis padres la llamada de una chica que decía ser la novia de Edie, contándome angustiada que éste había tenido un problema legal en su negocio y estaba en la cárcel, por lo cual me rogaba encarecidamente que le devolviera la correa, porque deseaba tenerla como el recuerdo más personal y significativo de su amado durante tan dolorosa separación.

De repente intuí la verdad. A pesar de que no soy muy rápido de reflejos, deduje que la leyenda podía ser cierta y aunque en principio sus palabras me enternecieron, sospeché que tras ellas se ocultaba la intención de venderla a algún coleccionista adinerado y obtener por ella una cantidad que ayudara a Edie en su infortunio. Cualquiera de las dos razones me pareció suficientemente noble aunque la segunda era la más verosímil y, por solidaridad con él, hice el gesto de devolver tan legendario y valioso fetiche pese a mi recién adquirido convencimiento de su autenticidad.

Esta historia aún tiene una tercera parte que le acabó de dar esa autenticidad, pero sucedió en un tiempo muy posterior a la existencia de Mi Generación.

Ahora os cuento lo del “Quijo-Rock“.

(Continuará…)

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Eduardo Amorós (Edie), cierto famoso bajista que perteneció a Los Mustang en alguna época, pero de quien yo ni había oído hablar, tenía el suyo en venta. Nos pusimos en contacto y la oferta me interesó, no pedía mucho dinero aunque para mi -casi siempre en la miseria- sí que lo era.

Edie, un joven mundano, simpático y buen vendedor, me lo trajo para probarlo convencido de que, una vez que lo tuviese en mis manos, daría cualquier cosa por hacerme con él. Me explicó que dejaba la música para dedicarse al negocio del automóvil, pero además me contó una asombrosa historia respecto al instrumento que yo fingí creerme por no ser descortés y espetarle: ¡vaya trola!”, que es lo que estaba pensando.

Seguramente usted pensará lo mismo cuando la lea.

AQUEL BAJO HABÍA PERTENECIDO A LOS BEATLES

Según su relato, por pertenecer a la misma compañía discográfica EMI-ODEÓN, Los Mustang y The Beatles, habían coincidido en ocasiones en el mismo escenario. Una de ellas fue en Holanda, creo que en Rotterdam, y allí, en el “backstage”, fue donde Edie descubrió por azar un bajo para diestros que no se utilizaba obviamente, ya que Paul es zurdo. Por otra parte, se le ha visto tocar con Hofner (el célebre violín) y Rikenbacker, pero nunca con Fender que yo sepa.

La explicación que le dieron era que pertenecía a John, pero que desde hacía mucho tiempo no estaba interesado en él, de modo que el pobrecito andaba dando tumbos por el mundo, de avión en avión y de camión en camión, sin un par de manos con callos en las yemas de los dedos que llevarse a las cuerdas.

Preguntó si se lo venderían y accedieron. Como recuerdo, le autografiaron la correa y además le incluyeron en el precio el estuche especialmente construido en plancha de acero, a prueba de agua y fuego, y capaz de resistir el peso de un hombre.

Fin.

Ciertamente, el instrumento valía mucho más de las quince mil pesetas que me pidió -debían hacerle mucha falta- y me lo hubiera quedado igual sin necesidad de toda aquella aureola de leyenda y gloria en que venía envuelto, y que me pareció una invención destinada a presumir de haberse codeado con mis máximos ídolos y, de paso, consumar la venta.

Pero lo cierto es que cuando me entregó aquel estuche negro cerrado, noté que pesaba como si realmente fuera de hierro y lo era. El bajo estaba impecable, sin rayaduras visibles y con todos sus herrajes relucientes, y cuando me atreví a colgármelo descubrí que venía acompañado de la correa más impresionante que he visto jamás. Era de grueso cuero que fue claro originalmente, pero estaba oscurecido ya por el manoseo, recubierta en gran parte por láminas de latón que parecían grandes escamas que habían perdido el brillo por la misma causa, y dispuestas solapadamente, como sobre la piel de un pez, de modo que se abrían al curvar la correa y se cerraban al estirarla.

Lo más increíble era que los extremos, libres de escamas, estaban casi totalmente cubiertos de firmas, entre las que me pareció reconocer las de tres Beatles -no recuerdo cuál no estaba- amén de dedicatorias, lemas y frases graciosas en inglés, escritas por distintas manos con diferentes tintas y variadas caligrafías.

Todo aquello daba tal verosimilitud a la historia de Edie que, de tan evidente, me reafirmó en mi convencimiento de que era falsa. ¿Cómo iba alguien a querer desprenderse de aquella joya si las firmas fuesen auténticas?. Y menos por aquel precio irrisorio.

Pero mi escepticismo no me impidió apreciar la calidad propia del instrumento y cerramos el trato. Accedí a pagar las quince mil pesetas sin regatear, que -aparte de injusto en aquel caso- siempre me ha parecido una villanía y él me extendió una correctísima factura. Así que el día 25 de Julio de 1971 me convertí en propietario legal y gozoso del Fender Jazz Bass con el número de serie 212794.

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5 comentarios to “HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 30”

  1. Miquel Says:

    Edy amorós también formó parte de Los Zoom, y llegó a grabar algún disco con el Dúo Dinámico

    • ppzappa Says:

      Gracias, Miquel. Te lo sabes todo. Yo seguramente estaría mucho más documentado si investigara tu blog a fondo. Prometo hacerlo en cuanto acabe de con esto de la historia de Mi Generación, que ya falta poco y va a ser como si me jubilase.
      ¡¡ Amigos, no dejen de visitar VIEJO PICKUP http://viejopickup.blogspot.com/ !!

  2. unodel53 Says:

    Pepe, he encontrado un texto interesante que puede ayudar a comprender bien la técnica de Squire y su sonido del bajo Rickenbacker.
    Extraido de Wikipedia..
    “El sonido del bajo de Squire es característico por ser agresivo, dinámico y melódico. El instrumento principal de Squire es un Rickenbacker 4001, que él posee y tocado desde 1965; fue el cuarto Rickenbacker 4001 importado a Inglaterra desde los Estados Unidos. Este instrumento, por su característica y distorsión, es una parte significativa del sonido único de Squire el cual es conseguido mediante una técnica conocida como ‘bi-amping’. Separando la señal estéreo de su bajo (el cual divide la señal de los micrófonos en salidas duales de alta y baja frecuencia) y después enviando la salida de baja frecuencia a un amplificador de bajo convencional y la salida de alta frecuencia a otro amplificador de guitarra. Squire genera una mezcla tonal que agrega un growling y un corte overdriven al sonido mientras que conserva la respuesta poderosa del bajo Rickenbacker. Squire (quien es autodidacta), fue uno de los primeros bajistas de rock en adaptar exitosamente efecto de guitarras tales como el trémolo, el phasing y el pedal wah-wah en el instrumento”

    • ppzappa Says:

      Muchas gracias, Don Jos. Sigues siendo un crack en esto de investigar e informar. Saba lo de la seal estreo, pero no exactamente cmo la utilizaba, y la explicacin cuadra perfectamente con el sonido Squire, aunque yo consegua algo muy similar con mi viejo Fender y mi maltrecho Musicson ya por el 73, a base de ponerlo a tope de volumen y pulsar muy fuerte con pa.

      Un abrazo. pepe

  3. Mmmama Says:

    Para hablar de Eddie Amorós deberías antes ser alguien, piltrafilla. Él siempre fue un señor y a ti o a tu grupo sí que no os conoce nadie.

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