HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 27

¡Hola, jóvenes y jóvenas! (Como diría Su Señoría, Dª. Carmen Romero)

Disculpad el nuevo retraso en la entrega, pero me resultaba imposible daros detalles de los siguientes 15 meses sin colaboración de mis colegas. La razón es obvia, aunque a mí se me había pasado por alto hasta el preciso momento de concluir el capítulo anterior: me fui a la mili. Y no tenía intención de contaros la mili…, que seguro que ya os lo estabais temiendo, ¿verdad?.

La información va llegando poco a poco, pero es escasa, como la memoria de mis antiguos compañeros, que la van recobrando a medida que leen, así que: algo de la mili sí os tendré que contar, más que nada por contar algo y no reducir a una lista de fechas y lugares en que actuaron esos quince meses, que, por otra parte, resulta cortísima.

Ángel Pascual (Edy)

El 14 de Abril de 1974 dejé actuando en la Discoteca San Francisco de San Antonio a la enésima formación provisional de Mi Generación, compuesta por Eliseo Parra, Paco Fernández, Xavier Garriga, Ángel Pascual París (alias Edy), ex-rítmico de Furia y ex-bajista de Tuset 31, y José Mª. Durán, también procedente de ese grupo.


16 de Abril

Pese a las recomendaciones, me presenté en el cuartel a recoger el petate con toda mi cabellera aún en su máximo esplendor. Estaba decidido a mantenerla hasta el final y convertirme en un mártir de la causa, pero a medida que avanzaba por las distintas dependencias de aquel manicomio para cumplimentar los diversos trámites, los insultos, las amenazas, y las advertencias de algún bienintencionado soldadito que decía haber pasado por el mismo trance, iban minando mi heroica decisión.

17 de Abril

A las siete salía de la Estación de Francia un tren militar -como el de Adelita- que nos llevaría a Figueres. Allí nos reunimos un millar de jóvenes con los petates al hombro y los huevos por corbata, que éramos arrebañados y colocados en fila por otros jóvenes de uniforme que nos gritaban, nos llamaban “bultos cabrones” y nos destrozaban los tímpanos con sus silbatos reverberando en la inmensidad de la estación.

Apenas ponerse en marcha el tren, se empezaron a manifestar los primeros síntomas de alienación cuando la gente empezó a cantar el “Carrascal” y la cosa aumentaba exponencialmente a medida que el tren se aproximaba a su destino. Pronto, los mismos que un rato antes temblábamos aterrorizados en la estación, nos habíamos convertido en una horda vociferante que le gritaba por las ventanillas a otros jóvenes los mismos improperios recién aprendidos, cuando atravesábamos poblaciones. Era el sentimiento de impunidad del grupo, que hacía aflorar rápidamente lo peor de cada individuo. Hasta yo me encontré sin darme cuenta coreando con entusiasmo “La cabra”.

“La cabra, la cabra,

la puta de la cabra,

la madre que la parió…”

El viaje duró horas y horas; era el tren más lento del mundo, pero maldita la prisa que tenía yo por llegar. A media mañana distribuyeron bocadillos y refrescos, fue el primero de los 1500 chuscos que me tocaban aproximadamente.

Al llegar a Figueres nos bajaron del tren, nos llevaron en formación, tratando inútilmente de hacernos marcar el paso, hasta un recinto donde nos hicieron sentar en el suelo en medio de un patio, y nos leyeron el código militar para que nos fuésemos enterando de lo que valía un peine.

Yo, de lo único que me enteré, fue de que todo se castigaba con la pena de muerte. Aquel cenizo con galones que lo leyó, lo hacía con un sonsoneque maquinal que recordaba a los Niños de San Ildefonso:

Tararí, tarará: ¡Pena de muerte!.

Tarará, tararí: ¡Pena de muerte!.

Casi todos los versos de la macabra cantinela acababan igual, eran de rima consonante y de muy mal gusto, pero dejaban suficientemente claro que tenía muchas posibilidades de acabar mis días ante un pelotón de fusilamiento. Con lo bien que estaría yo en San Francisco (California), o en el de San Antonio.

Una vez perdido el apetito con tanta amenaza, nos llevaron al comedor, donde tuve también el placer de degustar mi primer rancho y luego, para ayudarnos a tener una apacible digestión, nos hicieron subir a unos camiones en los que hicimos el resto de trayecto gozando de su sofisticada suspensión todoterreno.

El Centro de Instrucción de Reclutas número 9, subtitulado General Álvarez de Castro, era un enorme recinto rodeado de muro y alambradas en medio de una llanura árida y desolada, donde no se veía un árbol, ni un matorral. Allí se alzaban varios edificios de ladrillo y algunos barracones provisionales. Yo era el Recluta número 30: a eso me veía reducido.

Fuimos conducidos a nuestros aposentos y tomamos posesión de las literas que constituirían nuestro único espacio vital más o menos privado, y de allí a la barbería. El barbero, un veterano, disfrutó horrores despojándome de mi señal de identidad más visible. Allí quedó mi profusa producción capilar esparcida por el suelo, para ser barrida rápidamente y que no quedara a ser posible ni el recuerdo. Al verme en el espejo, comprobé con espanto que mis olvidadas orejas, tantos años emboscadas tras aquella masa de pelo, habían vuelto a resurgir en toda su grandeza. Ya volvía a ser un típico español normal y corriente, tirando a bastante feo.

Luego, llegó el momento de vestir por primera vez el uniforme. Se acabó: Ya soy simplemente uno más.

Aunque irreconocible, soy el que está agachado a la derecha.

Dos meses y pico marcando el paso y tragando polvo al sol en “La explanada”; pérdida de la audición en el oído derecho en un ejercicio de tiro, y el 23 de Junio, la “Jura de Bandera” puso fin al campamento y llegó el primer permiso.

Ibiza y Mi Generación me reclamaban para la visita ritual que mis antecesores habían cumplido previamente. Dejé la ropa militar en casa de mis padres y cogí el primer barco para la isla de mis amores.

Lo que encontré no fue tan idílico como lo que conocía. El San Francisco era un lugar con malas vibraciones, como el dueño, donde había peleas a diario y reinaba un travesti llamado Julia que, aunque era entrañable, creaba cierto ambiente de club de “alterne” que atraía poco a quienes sólo buscaban buena música. Mi perra había muerto, y a José María le habían robado mi moto por dejarla sin cerrar a la puerta del  club.

– No te preocupes. Está denunciada y aparecerá, y si no, te la pagaré antes de que te vayas -me prometió-. Otra promesa destinada a caer en el olvido.

No obstante, el grupo sonaba muy bien, Xavi volvía a tener pelo y Eliseo bordaba un tema nuevo: “My Love” de Paul Mc.Cartney. ¡Qué sentimiento!

Dos semanas más tarde me tuve que incorporar al nuevo “destino”: La Seu d’Urgell.

El Regimiento de Cazadores de Montaña Arapiles 52, como “la vaca lechera”, no era un regimiento cualquiera. Había sido Batallón Disciplinario hasta poco antes por alguno de esos curiosos arrestos que aplica el ejército a las cosas, por un acto de cobardía, traición, o algo así, que se perdía en la noche de los tiempos, tal vez se tratara sólo de una leyenda, pero me resultó verosímil una vez conocida la lógica castrense, capaz de arrestar a una piscina, como sucedía en San Clemente. Lo malo era que el coronel y gran parte de los mandos seguían siendo los mismos, con lo cual las costumbres y el trato duro también lo seguían siendo.

EL HIMNO

El coronel hizo reunir por la tarde a los novatos junto a la muralla, y una vez allí nos mandaron sentar en el suelo para que su excelencia nos dirigiese un discurso de bienvenida, y para acabar el evento con pompa y boato dignos de su alocución, no se le ocurrió otra cosa que ordenarnos entonar el Himno de Infantería, arma a la que, desde aquel mismo día, teníamos el honor de pertenecer.

Yo no tenía ni la más remota idea de cómo iba el dichoso himno, pero supuse que cuando arrancasen los demás, me sonaría, o al menos podría hacer como que cantaba, abriendo y cerrando la boca simulando las vocales, que es un truco muy socorrido cuando no te sabes la letra.

Un sargento fue el encargado de dar la voz de mando. Nada de mariconadas de one, two, three, four:

¡Ardor guerrero!. De frente… ¡ar!.

Ningún sonido brotó de nuestras gargantas. Pero, ¿qué insubordinación es esta?.

El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Por fin, alguien osó decir: “Es que… no nos lo han enseñado, mi sargento”.

– Pero ¿qué coño de instrucción habéis hecho en el campamento, que no os sabéis ni el himno? -dijo el coronel muy enfadado-.

Era evidente: sólo se habían preocupado de prepararnos para el Desfile de la Victoria. Un revuelo de desconcierto cundió entre los mandos.

– ¿Alguien se sabe el Himno de Infantería?

Silencio otra vez. Entonces llegó la terrible pregunta:

– A ver: ¿hay aquí algún músico?.

Me callé como un muerto, rogando al Cielo que hubiera algún otro músico que se levantara antes que yo. Pero no lo había, y varios pares de ojos acusadores de conocidos se volvieron hacia mí.

– Venga, que he visto en la ficha que uno de vosotros es músico. ¡Que salga!.

No tuve más remedio que ponerme en pie mientras buscaba rápidamente una excusa por no haberlo hecho al primer requerimiento.

– ¡Presente! -dije sin ningún convencimiento-.

– ¡A ver, chaval, sal aquí!. Así que, tú eres el músico ¿eh?.

– Bueno…, sí, mi comandante…, toco el contrabajo… -que me pareció lo que mejor me podía salvaguardar de cualquiera que fuese su plan, temiendo que fuera a darme una partitura que yo no sabría interpretar-.

Pero, no. La lógica castrense volvía a regir, y se limitó a ordenarme cantarlo y enseñárselo a mis compañeros, pensando quizás que una orden de tan alto rango bastaría para que fuera inmediata y milagrosamente ejecutada.

Les dije respetuosamente que no lo conocía, y entonces un sargento se sacó del bolsillo un papel amarillento con la letra mecanografiada.

Como pude, y procurando no olvidar durante el largo razonamiento que tuve que hacerles, aplicar convenientemente todos los “mi sargento”, “mi capitán”, “mi comandante” y “usía” para no ponerles más furiosos y acabar pagando yo el pato, conseguí hacerles entender que, si querían podía recitarlo, pero no podía cantarlo, ni mucho menos enseñarlo, sin al menos haber oído antes la entonación, y a punto estuve de desencadenar con ello una crisis en la cúpula de mando.

– Pero ¿qué clase de músico eres tú, que no conoces el Himno de Infantería?. Empezaron a atosigarme entre todos, mientras insistían en que era muy conocido y todo el mundo lo sabía de pe a pa. Pero entonces el coronel -que debía ser el más listo- encontró la solución.

– Cantádselo vosotros mismos para que lo oiga -les espetó a toda la bandada de galones y estrellas que bullía a mi alrededor en enfervorizada exaltación de su honroso himno-.

¡Qué nervios les entraron! ¡Qué situación!. Casi no podía contener la risa. En sus rostros se veía que se morían de vergüenza pensando en cantar delante de la tropa.

Ahí entró en juego el escalafón manifestándose en todo su esplendor. El comandante, con una cínica sonrisa, sugirió de inmediato a un capitán que fuese él quien lo cantara; el capitán se limitó a pasar la pelota, ordenándoselo a un teniente que alegó que le dolía la garganta y remató a gol en la portería del sargento que llevaba la letra en el bolsillo, que no se atrevió ya, con tanto descaro, a derivar la orden hacia el cabo, pero le pidió ayuda, porque él dijo cantar muy mal. Eso sí, a condición de cantármela al oído, lo que confirmaba mi teoría.

Me puso una mano sobre el hombro para estar más en confianza, mientras con la otra temblando asía a medias conmigo la mugrienta hoja de papel, y muy cerca de mi oreja empezó a cantar con un hilillo de voz:

“Ardor guerreero vibra en nuestras vooces,

y de amor patrio henchido el corazóon…”

Así, en sucesivas intervenciones de varios mandos, conseguí escuchar, fragmento a fragmento, la totalidad del larguísimo himno, aunque en el tono que a cada uno le daba Dios a entender. Con aquella información en la cabeza, y una guitarra que salió de alguna parte, me recluí el resto de la tarde en la compañía, y aplicando la lógica musical, conseguí recomponer con ellos algo que parecía un himno, pero que yo, no tenía constancia ninguna de que se pareciese demasiado al original, ya que no había en el cuartel ni un tocadiscos ni un disco, ni un triste casette con el himno, del que obtener información más fiable que lo que cantaban aquellos desheredados de la musa Euterpe.

Al día siguiente comencé a enseñar a novatos y veteranos -que, por lo visto, tampoco se lo sabían- el himno de mi invención, que en ningún momento pareció sonarle raro a nadie.

Desde aquel día, y tras numerosos ensayos pomposamente dirigidos por mí mismo con gestos copiados de los directores de verdad, se convirtió en el himno oficial que se cantaba en marchas, desfiles y ceremonias. Contra todos mis deseos de pasar inadvertido el resto de la mili, me convertí en “el músico”.

A pesar de serlo, por alguna razón que se me escapaba, nunca fui admitido en la banda, en la que solicité ingresar con la noble intención de “escaquearme” todo lo posible.

1 de Agosto

Toni Palacín se reincorpora a Mi Generación, y José María Durán, licenciado el mismo día que Toni, abandona el grupo y regresa a Barcelona.

La mili de Toni, además de pintoresca había sido tremendamente musical como habéis podido leer en el capítulo 24 Bis. Sin embargo, yo me encontraba en un lugar en el que era el único músico en muchos kilómetros a la redonda. En la Seu d’Urgell sólo habían militares, guardias civiles, policías de todo tipo y clero, mucho clero, así que yo también acabé tocando el armonio con el coro de monjitas del convento, y aprovechando la libertad de movimiento que eso me proporcionaba, pasaba muchas tardes en una habitación alquilada tocando la guitarra y componiendo. De ahí salieron “Hija de la Luna”, inspirada en mi persistente amor por Marita, “Me han preguntado”, y algunas más, y acabé de complicar “Sobre mis pies”.

6 de Octubre de 1974

EL FINAL DE OTRA TEMPORADA MÁS

(Y el final de otro sueño)

Aunque el tiempo se me hacía espantosamente largo y, como los demás, tachaba día a día en el calendario las fechas transcurridas, y seguía gritando como todos: “¡una menos!” al acabar de pasar la lista de retreta, que era el único consuelo, parecía que era ayer cuando dejé a mis compañeros tocando en el San Francisco. Sin embargo, el 6 de Octubre acabaron el contrato y regresaron a Barcelona, dejando atrás mi moto, la casa y parte de mis cosas en ella, así como mi sueño de volver a Ibiza al final de la mili.

Cómo no: se lo perdoné. Pero, nadie es profeta en su tierra y Mi Generación, menos. Habían regresado -como de costumbre- con una mano detrás y otra delante y sin trabajo a la vista. Yo prefería de largo pasar hambre en Ibiza, a hacerlo en Barcelona, y no compartía su empeño en volver una y otra vez derrotados al hogar paterno… pero, como dijo Serrat: “cada quién es cada cual, y baja las escaleras como quiere”. A ellos les movían otros motivos: supongo que seguían buscando la fama. A mí, eso me daba exactamente igual.

(Continuará…)

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