HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 24

Julio de 1973.

Tras los tres meses de campamento, Toni Palacín es destinado a Melilla, iniciando más que una mili, una “tournée” por todo tipo de agrupaciones musicales que empezaron rápidamente a rifárselo.

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Tal llegó a ser su actividad y la huella de su paso por Melilla, que recientemente ha sido publicada en un alucinante libro sobre la historia del Rock Melillense, del que tendréis más información en capítulo aparte.

Grupo Cia. de Mar, con José Mª. Serrano a la batería.

Ya entrado el verano, el apartamento, se había convertido -como el anterior-, en la “Casa de Tócame Roque”, añadiéndose a las clandestinas reuniones nocturnas las funciones de albergue de peregrinos y hotel vacacional para una larga lista de visitantes de honor.

Aunque no estaba exáctamente de vacaciones, también hizo su aparición nuestro viejo amigo José María Durán (Los No y Tusset 31); el mismo que nos había endosado a Xavier, que estaba aquí haciendo la “mili” -ironías del destino- mientras él la hacía en Cartagena, y disfrutaba de un pase de Pernocta que le permitía salir del cuartel cada noche, e incluso ganarse unas pelas tocando -cosa que acabaría haciendo con Mi Generación-, aparte de hacerse asiduo del Nito’s y del apartamento.

Por supuesto, Toni vino a pasar con nosotros su primer permiso. Estaba feliz y risueño como siempre, como si la mili no le afectara más que a nivel capilar.

Paco Fernández, Eliseo Parra, Toni Palacín, Luis Pérez y Pepe Valverde

Convenientemente tocado con la peluca que usé cuando el numerito de la tele, participó en una campaña de promoción para la que fuimos requeridos por la empresa a fin de atraer más público y que consistía en efectuar alguna “espontánea” aparición de tarde en alguna terraza del paseo, cantando y tocando guitarras acústicas y con el apoyo moral de parte del personal de Nito’s haciendo bulto, todos llamativamente enjaezados al estilo en boga aquel año, el “Glam Rock”: calzado con altas plataformas, mucha purpurina y estrafalarios maquillajes artísticos.

Casi cuatro décadas después, las renombradísimas “macro discotecas” que asolan la isla practican exáctamente la misma táctica, pero con menos tela y más cuero (y plumas).

Mi aportación personal al barullo que había en casa consistió -según indican las fotos de mi álbum- en al menos otra docenita de chicas que desfilaron raudas, una tras otra, por mi picadero y mi vida, y de las que sólo tres dejaron alguna huella: Pamela, una atrayente inglesa con mucho chic y larguísimas piernas que, por cierto, me recordaba a David Bowie; Sonja, una holandesita tan cariñosa y fresca que le fui fiel hasta el fin de sus vacaciones y por último, una insaciable alemana, explosiva y enorme, de cuyo nombre no quiero acordarme, que atrajo de nuevo la desgracia sobre mí. Así que tras ese segundo “percance” decidí tomarme la venganza con más calma y formalizarme, a lo cual me ayudó Claire.

Claire era inglesa, alta y espigada, un poco sosa, pero con magníficas curvas, piel muy blanca, ojos verdes y larga cabellera pelirroja, hija de un matrimonio amigo de Jeanette y también perteneciente al círculo de los Bee Gees, que pasaban en San Antonio sus largas vacaciones en plan potentado.

En ningún momento me enamoré, mi corazón seguía perteneciendo a Marita, pero encontré en Claire una estupenda amiga y compañera de juegos que mereció el título de “mi chica” durante casi todo el resto del verano y es la que figura a mi lado en las fotos de la multitudinaria celebración de mi vigésimo primer cumpleaños. O sea:

LA MAYORÍA DE EDAD

Este acontecimiento no merece grandes comentarios. Desde los dieciséis años venía tomando legalmente mis propias decisiones y asumiendo mis responsabilidades, ya que a esa edad, mi padre me otorgó la emancipación, por tanto nada cambiaba excepto que ya tenía veintiún años.

Dada la experiencia del año anterior, a mis padres no se les pasó esta vez por la cabeza venir a visitarme en fecha tan señalada.

En cambio, sí nos visitaba Xavier que, como todos, vino a compartir su permiso con nosotros. Era lamentable ver al Xavi con el pelo corto; a él, que antes ostentaba la mejor melena del grupo. Pero como prebenda de la Marina, lucía una frondosa barba que le hacía parecer un auténtico lobo de mar. Todos estuvieron en mi fiesta de cumpleaños.

Siete semanas después, y con Mi Generación triunfando de nuevo noche a noche durante aquel movido verano, llegó otro final de temporada.

Enfrascado en mis venganzas, psicodelias y devaneos, apenas tuve conciencia de que el verano se había acabado hasta que Lee (mi última “amiguita” de la temporada) se marchó.

Aparte de nuestros progenitores, nadie parecía echarnos de menos en Barcelona. De nuevo, ni una sola actuación a la vista, y encima:

PALOBAL DESAPARECE

Las únicas noticias que teníamos de nuestra casa de discos eran que Don Pablo (el propietario), había desaparecido llevándose consigo los fondos de la compañía -incluidos nuestros royalties– y a su nueva estrella, la cantante Celia. Se les suponía en Brasil y no se les esperaba, al menos hasta que prescribiera el delito de apropiación indebida y el cabreo de la señora de López por la apropiación indebida que la starlette había hecho de su marido. La compañía se hundía y nos quedábamos sin contrato, y nuestro álbum “El Pescador” se quedaba sin salir la luz y así seguiría otros 35 años.

No habían pues más discos que grabar ni más actuaciones que hacer, lo único que figuraba en nuestra agenda, era una vaga promesa de repetir temporada en Nito’s el verano siguiente, dado que, a pesar de todo, habíamos vuelto a demostrar nuestra valía. Por primera vez en la historia de Mi Generación, no teníamos ni una sola y remota razón más para regresar que para quedarnos.

Al contrario, volver a Barcelona significaba volver a la estricta vida familiar y, prácticamente, volver a empezar de cero y con el grupo muy incompleto hasta el retorno de Xavier y Toni. Estábamos un poco hartos de empezar de nuevo cada año.

Paco, a quien también le habia dado por tocar la flauta, había sentado cabeza en compañía de Jeanette y vivía como un burgués en su confortable apartamento. Todas sus necesidades estaban cubiertas entre ella y su comprensiva hermana Anita, podía incluso permitirse afrontar en solitario el pago del equipo de sonido Wem que se había empeñado en hacer traer desde Palma para sustituir al viejo y cascado Music-Son que nos había acompañado desde el 68. En honor a la verdad diré que a nadie más del grupo le interesaba mucho aquella inversión y sólo colaboramos al pago de las letras los primeros meses.

Eliseo y yo vivíamos juntos, pero lo hacíamos en mundos aparte y, a aquellas alturas, yo cada vez tenía menos idea de qué le estaba sucediendo ni por dónde iban sus preferencias.

Con Luis sólo contábamos a la hora de actuar, y eso se acababa.

Y ¿yo?… Tal vez fuera el momento de conocer mundo.

Sin encomendarme a nadie y, en vista de las nulas perspectivas, tomé mi primera decisión de “mayor”, sin contar con el grupo, y acepté la insistente invitación de las chicas del Club de Fans para ir a Londres a pasar una temporada en el piso que compartían cinco de ellas en invierno.

Unos días antes de terminar en el Nito’s se lo comuniqué a mis compañeros y entonces supe que ellos pensaban quedarse aquí, en Ibiza. Y para que Eliseo no tuviera que pagar solo el alquiler del apartamento, Paco le ofreció ir a vivir a su piso, donde disponían de una habitación libre.

Así que, con mi maleta, mi macuto, mi pasaporte, mi bajo y todo mi capital distribuido por los bolsillos, me fui para el aeropuerto. Adiós, Ibiza. Adiós a mi pequeña isla. Pero, esta vez, me voy contento.

ME VOY A LONDRES

La mañana del 2 de Octubre tomé el vuelo de Iberia vía Barcelona, pasé por el aeropuerto del Prat como de puntillas, y hacia mediodía estábamos sobrevolando la gran isla. No habían nubes debajo y desde el avión veía llanuras verdes y bien parceladas.

Cuando empezamos a descender, aproximándonos a Heathrow, lo primero que llamó mi atención fue que los coches eran de colores diferentes a los españoles, con unos oscuros tonos de verde, azul y rojo que recordaba haber visto en algunas películas. Luego la extraña sensación de ver cómo se cruzaban entre ellos al revés que en nuestras carreteras, y hasta las señales de tráfico eran distintas.

Las ruedas tocaron la pista con el característico golpe sordo que no oía desde que volvimos de Madrid por última vez, con la bandera arrebatada al enemigo en nuestra batalla suicida, y un pensamiento ocupó toda mi mente e hizo henchir de gozo mi corazón:

Ya estoy en la tierra de los Beatles.

Nadie iba a venir a recibirme en mi primer viaje al extranjero. Ya en la sala de llegadas, había dos colas de gente ante dos entradas distintas, una decía BRITISH AND COMMONWEALTH y avanzaba con fluidez, pero era evidente que no era la mía, me situé en la de OTHER NATIONALITIES, presenté el pasaporte sin mucha confianza -por lo de español-.

– Is this the first time that you come to Britain?

– Yes.

– Subject of you visit?

– Holidays.

– How long are you here for?

– I don’t know yet. Two weeks maybe –mentí como un bellaco-

– Do you have a return ticket?

– No.

– Where do you plan to stay?. Hotel?

– No, with some friends.

– How much money have you got?.

Le dije una cantidad que no recuerdo y saqué del bolsillo un abultado fajo de billetes de mil y algunas Libras. Cuando me disponía a contarlos ante él, me indicó con un gesto que me los guardase, estampó un visado de 40 días en el pasaporte y me lo devolvió con un correcto Welcome!.

Cuando me dirigía a la salida fui requerido con un explícito gesto del dedo índice por un policía de uniforme desde detrás de un mostrador. El segundo policeman me pidió que abriera la maleta y palpó su contenido sin mucho interés, lo que sí revisó a fondo fue el estuche del bajo que sí levantó sus suspicacias, tras preguntarme qué llevaba dentro y para qué lo traía conmigo si sólo venía de vacaciones. El interrogatorio se extendió hasta límites inaceptables, y al final, terminó diciendo que lo que me hacía sospechoso era que hablase un inglés tan bueno, siendo aquella la primera vez que estaba en Gran Bretaña y, sin hallar otro motivo para retenerme, me dejó marchar.

No dejaba de ser halagador y, en el fondo, había motivos. A pesar de que en Mi Generación yo era quien tenía más nociones de inglés, hasta que llegué a Ibiza el año anterior éste era paupérrimo, y tenía que expresarme a veces con el socorrido truco de emplear títulos de canciones de los Beatles. Pero desde que conocí a Marita, mi uso del inglés se extendió a todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluidos los afectivos, ya que nuestra convivencia se desarrolló siempre en esa lengua; lo que ahora se denominaría “Inmersión Lingüística”, amén de que a partir de entonces la inmensa mayoría de mis relaciones de todo tipo, sobre todo en el propicio caldo de cultivo de San Antonio, habían sido también en Inglés. Así que, un año y medio después y sin haberle dedicado ningún esfuerzo, hablaba inglés por los codos. O eso creía yo.

Flotando en mi nube de autocomplacencia salí del edificio del aeropuerto. Hacía un tiempo magnífico, casi como en Ibiza. Tal como me habían indicado, frente a la salida había una parada de autobuses que llevaban diréctamente de Heathrow a Victoria Station, en el centro. Me dispuse a cumplir otra de mis ilusiones: viajar en un Doubledecker, los legendarios autobuses rojos de dos pisos como los que, tiempo atrás, desaparecieron de Barcelona por obsoletos.

Un indolente cobrador, apoyado en la barra central de la plataforma de acceso me vendió el billete y, naturalmente, subí por la escalera de caracol al piso de arriba. Yo era el único pasajero. Coloqué algunas de mis cosas en el porta-paquetes y me senté junto a la ventana. Sobre ella había una placa de bronce en la que estaba grabado: “Mind low racks.

Me quedé perplejo. A pesar de mi dominio de la lengua inglesa, acreditado ante el suspicaz funcionario un momento antes, no tenía ni idea de qué significaba aquello. Lo miré un rato, como si su contemplación me fuese a descifrar el significado del críptico mensaje, pero cuando el autobús se puso en marcha, mi atención se centró en el exterior.

Al final del trayecto, me levanté del asiento y me di un fuerte golpe en la cabeza con la repisa donde había colocado mis cosas. Entonces lo comprendí “de golpe”. Era un aviso para recordar a los pasajeros que el porta-equipajes quedaba demasiado bajo, y evitar que les sucediera lo que a mí. En aquel momento empecé realmente a aprender “Inglés”.

(Continuará…)

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2 comentarios to “HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 24”

  1. Unodel53 Says:

    Pepe, que aunque no se diga nada, estamos aqui, leyendo…ya estás en Londres…..

  2. Roderick Dale Harries Contractor Says:

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