HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 23

IBIZA AGAIN

Llegamos de nuevo a Ibiza con aquel inestable remedo de Mi Generación reducida a cuarteto.

San Antonio se despertaba del letargo invernal. La mayoría de nuestros amigos ya estaban al pie del cañón. Las chicas del club de fans: Pam, Linda, Sue, etc., acudieron alborozadas a darnos la bienvenida.

La acomodación que nos habían buscado no era tan lujosa e idílica como la del año anterior, sino que se trataba de dos apartamentos en el Edificio Byblos, el mismo del Nito’s.

Me sentí algo decepcionado por no volver a aquel otro lleno de recuerdos en Los Albares, donde aún debía flotar el aroma de Marita mezclado con el del mar y la linaza, y su aura con las puestas de sol.

Eliseo y yo, que siempre habíamos sido los más afines, compartiríamos un apartamento, cediendo a Paco el honor de compartir el otro con la inseparable pareja de dipsómanos, más que nada para premiar su iniciativa de traerles al grupo.

Y EMPIEZA LA TEMPORADA DEL 73

La reaparición en el Nito’s, el 19 de Abril, estuvo nuevamente coronada por el éxito y nadie pareció notar grandes diferencias con la formación del año anterior, aunque para nosotros sí las había. Durante la odisea mallorquina me acostumbré a asumir el liderazgo de escenario que antes compartía con Toni: él decidía qué se tocaba y yo me encargaba de soltar las parrafadas, sobre todo si tenían que ser en inglés, y además había pasado a ser la voz solista en la mayoría de temas, cosa que ahora podía permitirme gracias al desarrollo de mis capacidades vocales adquirido a la fuerza en La Enagua.

Por otra parte, el virtuosismo de Luis nos hizo atrevernos con algunos intocables temas de Yes como “Roundabout”, cuya ejecución en directo acababa definitivamente con la fama de instrumentistas mediocres, aunque buenos cantantes, que tenía Mi Generación.

Pero, a pesar de que la nueva combinación resultaba musicalmente brillante, la relación humana se había vuelto más difícil. El año anterior había sido clave en la evolución musical, pero sobre todo, personal de cada uno de nosotros.

Paco había quedado tocado por la traumática experiencia matrimonial de una semana. No obstante, durante ese verano conseguiría sebreponerse en brazos de Jeanette, una atractiva divorciada perteneciente al círculo de amistades de los Bee Gees, con la que se fue a vivir huyendo de la compañía de Lennon y Yoko, y con quien mantuvo luego una relación duradera.

Yo no estaba menos tocado, y por motivos parecidos (aunque mi “matrimonio de facto” duró bastante más que el suyo eclesiástico), y mi sangrante corazón exigía vengar la herida inflingida por Marita en todo el género femenino, a ser posible, pasándolo por la piedra… de los sacrificios. Así pues, mi obsesión desde que volví a San Antonio y supe que ella ya no estaba ni se le esperaba, fue buscarle sustitutas que rellenaran al menos el hueco que había dejado en mi lecho. Y reconozco que se convirtió en una obsesión patológica que me volvió bastante insoportable.

Eliseo también estaba cambiado, pero era obvio que sus experiencias durante los quince meses que estuvo ausente debieron ser muy distintas a las nuestras y le habían conducido en una dirección diferente. Sin que yo acertara a comprender por qué ni él pareciera querer dar explicaciones, se había tornado serio y taciturno. Su risa fácil y algunos rasgos infantiles que le caracterizaban se habían esfumado, y en cambio, se había vuelto exageradamente trascendental y radicalizado su gusto por la vida sana y natural, además de exteriorizar lo que para mí era un incomodante rechazo hacia cualquier tipo de desenfreno. Nos habíamos convertido prácticamente en polos opuestos, y mientras él adoptaba una actitud casi monacal, yo sólo pensaba en ligar y colocarme. A medida que avanzaba la temporada, la convivencia se volvía más difícil.

Pese a que la afición al alcohol de “Lennon” seguía intacta, si no creciente, el nivel musical del grupo también crecía, sin embargo, su enloquecido virtuosismo requería que a menudo tuviésemos que olvidarnos del compás para seguirle, ya que tenía una notable querencia por los Cerros de Úbeda (provincia de Jaén) y alguna vez le jugaba malas pasadas, como la que relataré a continuación.

Como ya dije era un gran amante de la música andina, razón por la que incorporamos al repertorio una peculiar versión de “El cóndor pasa” que transcurría como la de Simon & Garfunkel hasta que, al final, se convertía en un largo carnavalito peruano a cargo de la flauta, como en la tradicional. Para mejor ambientarse, Luis se sentaba con las piernas entrelazadas sobre la parte superior de su Hammond, tras apartar a un lado los vasos de cubalibre que normalmente la ocupaban y, encaramado a su altiplano particular, daba rienda suelta a la inspiración cual puneño flautista alucinado por el mal de altura y la hoja de la coca y, como era su costumbre, acababa perdiendo el control. Aquella vez, además del control, perdió el equilibrio.

Hallábase Maese Pérez sumido en un frenesí etílico-creativo, soplando su flauta con tal énfasis y entrega, que llevado por el ritmo empezó a cabecear hacia delante y hacia atrás. Totalmente ausente y con los ojos cerrados, no advirtió que el órgano empezaba a balancearse con él y sucedió lo que tenía que suceder: cuando el ángulo formado por el plano de inclinación del pesado armatoste y la vertical de su centro de gravedad alcanzó la magnitud suficiente, jinete y montura fueron víctimas de la ley; de la Ley de la Gravedad, y los acontecimientos se precipitaron (Gracias, Les Luthiers).

Estoy convencido de que, a lo largo de la historia, pocos seres humanos deben haber sido testigos presenciales de la caída de un órgano Hammond en funcionamiento y conectado a un equipo de sonido a todo volumen desde un escenario. Un servidor y el resto de los presentes en Nito’s aquella histórica noche pueden alardear de ello. Dudo que la caída del Imperio Romano resultara más estruendosa.

Como el barco que se va a pique, no se pudo adrizar finalmente del último balanceo y cayó con la quilla hacia arriba a la dura pista, mientras “Lennon” lo hacía en dirección contraria y, con la flauta aún en los labios, aterrizaba agitando las piernas como una cucaracha patas arriba sobre los mullidos regazos de una parejita que ocupaba muy abrazada mi rincón favorito junto al escenario.

El ángel protector de los borrachos cumplió de nuevo su cometido y los únicos daños resultantes fueron una momentánea pérdida del decoro y de las gafas sufrida por Luis, que le indujo otro de sus habituales ataques de risa, secundado en esta ocasión por todos cuantos presenciaron el acontecimiento.

Pero mi hambre de mujer había degenerado en una verdadera obsesión: me convertí en un depredador que cada noche procuraba traer al altar de sacrificios una “víctima propiciatoria” distinta, y después de una, más o menos “loca noche de amor” las llevaba a la terraza y las fotografiaba, y si ese día me había levantado especialmente sádico, les hacía ver las fotos de las que les habían precedido en el mismo encuadre. La venganza por el desdén de Marita estaba en todo su apogeo.

Mis amigos me empezaron a llamar “el buitre” por cómo se me veía aletear alrededor de la presa cada vez que aparecía una nueva chica guapa y sin pareja por el Nito’s. Con el tiempo, mi técnica de caza llegó a tal grado de perfeccionamiento que se volvió prácticamente infalible.

Si alguien tiene alguna vez la santa paciencia de leer este largo relato, posiblemente estará pensando que exagero respecto a mis presuntas dotes de conquistador. No así si conoció San Antonio en aquella época de gloriosa liberación sexual femenina y cuando aún faltaban ocho años para que apareciera la amenaza del SIDA.

San Antonio era una fiesta, o mejor: una orgía. Era tal la libertad -o el libertinaje según otros- que, en las tertulias de El Patio se hablaba de fundar la República Ibicenca para preservarla. A ciertas horas de la madrugada, cuando se hacía el silencio en calles, bares y tugurios, era evidente -o, a mí me daba por pensarlo- que todo el mundo se hallaba entregado al más dulce de los pecados. Pero todo pecado conlleva su penitencia y cierta mañana sentí un extraño escozor…

– ¿Has tenido “relaciones” últimamente? –Me preguntó el Dr. Zendón .

-Pues, sí…

-Esto es Gonococia-. Y me recetó antibióticos y continencia total durante, al menos, dos semanas.

-Ah, y dile a la chica que venga a verme.

– ¿A cuál? -pensé yo-.

Era terrible tener que resignarse a la castidad en plena temporada, mientras a la puerta del club se agolpaban racimos de bellas y disponibles escandinavas, holandesas, alemanas y británicas, esperando a la llegada del grupo para cogernos de la mano o la cintura, y colarse sin pagar las ciento cincuenta pesetas que creo recordar que costaba, y que se cobraban rigurosamente a todo el mundo, tras lo cual pasaban automáticamente a considerarse nuestras chicas, al menos por aquella noche.

ESTABA ESCRITO

Me encontraba en pleno y escrupuloso cumplimiento de la penitencia cuando, como suele ocurrir, se presentó en bandeja el manjar más apetitoso de toda la temporada.

Ella era la tentación en forma de mujer. Yo, totalmente abstraído y entregado a la ejecución de algún tema, abrí los ojos un momento, y de repente me di cuenta de que la chica más bonita y sexy que había visto en mi vida estaba bailando justo frente a mí, casi tan entregada como yo y lanzándome ráfagas desde sus chispeantes ojos azules.

Desactivado mi permanente estado de alerta -inútil dada mi incapacidad temporal de aquellos días-, no la vi llegar con todo su natural glamour a pesar de que desde mi puesto de vigía en el flanco izquierdo, se controlaba a la perfección la entrada de posibles candidatas.

– ¿De dónde ha salido eso? -pensé, y estoy seguro de que ella leyó en mi rostro alucinado que, realmente, me había impactado-.

Intercambiamos miradas y sonrisas y, con la más dulce de ellas en los labios, se volvió a entregar con devoción al ritmo de la música y a dejarse devorar por mis ojos hambrientos.

No se trataba de una rubia de aquellas tan codiciadas por mí, como por los más de mis congéneres. Su pelo era muy largo, castaño y lacio. Sus bellísimas facciones iban enmarcadas en un óvalo perfecto, como perfectas eran todas sus proporciones.

Tampoco se trataba de la típica turista uniformada: tenía un pronunciado estilo que le hacía destacar de entre todas las que bailaban en la pista, también en la manera de moverse. Llevaba botas y un conjunto vaquero compuesto por un pantalón que exaltaba cada una de sus curvas y un reducido chaleco que, en ausencia de botones, se mantenía, digamos que cerrado, con un simple imperdible, permitiendo que un profundo desfiladero de piel morena en el que quedaba atrapada la vista, evidenciara que no llevaba nada puesto debajo.

Nunca sabré si el imperdible fue una improvisada solución de emergencia o se trataba de un riesgo calculado, pero mi mayor deseo en aquel momento se cumplió, y acabó por soltarse con el movimiento sin que ella pareciera apercibirse del hecho, y aquella preciosidad siguió bailando y mirándome como si lo hiciera sólo para mí, con el chaleco abierto de par en par.

Aquella escena, digna de mi mejor fantasía erótica, aunque se eternizó en mi retina, no pudo durar más que unos segundos dado el revuelo que se hubiese producido en caso contrario (era 1973), pero, extrañamente, nadie más que yo pareció darse cuenta hasta que ella misma lo hizo, no sé si alertada por la insistencia de mi mirada sobre aquella parte concreta de su cuerpo, y al descubrir cuáles eran los dos motivos principales de mi fijación visual, puso fin al espectáculo cerrando la indiscreta prenda de un rápido tirón simultáneo con ambas manos.

Entonces miró a su alrededor, luego se encaró conmigo reprendiéndome con la mirada por haberme estado recreando de modo tan descarado en la contemplación de sus tetas, y luego riendo divertida por la misma razón.

El secreto compartido creaba entre nosotros una complicidad y casi una amistad, y aunque no figuró en ningún momento en mis planes llevármela a la cama -que era para lo único que me interesaban las mujeres-, me acerqué a ella al terminar y entablamos media conversación, y digo media porque ella apenas hablaba inglés, pero su encanto lo hacía innecesario, hubiera dado igual que fuese muda. No obstante, conseguí averiguar que era holandesa y se llamaba Diana.

Por una vez y sin que sirviera de precedente, mi invitación no albergaba ninguna oculta intención cuando le propuse venir a casa a escuchar unos discos nuevos y fumar un porrete, aunque ella seguramente creía lo contrario cuando aceptó. Dios sabe que nada me apetecía más que un buen revolcón con ella, pero no me atreví ni a tocarla en previsión de las posibles consecuencias, así que, una vez cumplido estrictamente el programa anunciado, la dejé marcharse sola, intacta y seguramente decepcionada ante mi dudosa masculinidad, ya que no volvió por el Nito’s.

Pero, algunos días después, llamaron a la puerta al amanecer. Estaba despierto, abrí y ¡oh, sorpresa!, allí estaba ella, serena y luminosa. Al verme sonrió y dijo que venía a despedirse, ya que su vuelo de regreso salía temprano aquella mañana y quería hacerme un regalo antes de irse. La invité a pasar y, una vez en el salón, volcó su cesto sobre la mesa, me indicó que juntase las manos a modo de cuenco, empezó a rebuscar entre su contenido las numerosas “chinas” que llevaba y ahí las fué depositando una por una.

– It’s for you -dijo muy sonriente-.

– Why? -pregunté sorprendido-.

Entonces, me explicó como pudo que aquello, era lo que quedaba de lo que se había traído de Holanda para fumar con sus amigos y que yo, era su amigo.

Le di las gracias, la acompañé a la puerta y al despedirnos, me dio como propina un dulcísimo beso en la boca, mucho más cariñoso que el de la noche que nos conocimos, y se fue taconeando escaleras abajo.

Adiós… ¡Mierda!. Yo ni siquiera recordaba su nombre.

Esta aparente frivolidad de acabo de relatar, no lo es, y cobrará todo su sentido tres años más adelante en este relato, cuando Diana se convierte finalmente en mi mujercita.

(Continuará…)

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