HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 18

Mi Generación se adaptó rápidamente a sus nuevas circunstancias y se mimetizó con aquel nuevo entorno de “paz y amor” idílico y relajado. No obstante, había que ponerse a trabajar de firme en la preparación del próximo álbum, cuya grabación deberíamos acometer a nuestro regreso a Barcelona, tras finalizar el contrato de seis meses en Nito’s. Así que, pusimos manos a la obra, nosotros aquí y Eliseo desde la distancia en Zaragoza, donde cumplía el servicio militar, y los temas empezaron a brotar vigorosos de los talentos más prolíficos: el mismo Eliseo, Toni y Xavier.

31 de Mayo 1972

EL FINAL DEL SUEÑO

(O el fin de la inocencia)

PALOBAL nos comunica que ha conseguido otra aparición de Mi Generación en televisión, por segunda vez en  Estudio Abierto. Deberíamos viajar otra vez a Madrid, suspender por una o dos noches las actuaciones en Nito’s, y además…, volver a disfrutar de la hospitalidad y la “proverbial simpatía” de José María Iñigo. El viaje sería aprovechado al máximo con una apretada agenda que nos llevaría de radio en radio para entrevistas promocionales con Ángel Casas, José Domingo Castaños y finalmente con el capo de Los 40 principales de Radio Madrid, el todopoderoso Joaquín Luqui.

Recibimos los billetes de avión y las útimas recomendaciones entre las que destacaba una: Cortáos el pelo. No vayamos a tener el problema de siempre.

Conscientes de la seriedad de esta advertencia por experiencias anteriores discurrimos una ingeniosa solución consistente en comprarnos unas pelucas de cabello más corto que ocultasen la longitud del propio. Fuimos a una peluquería de señoras de la calle Ramón y Cajal en cuyo escaparate se exhibían varias de ellas. Señoras, no: pelucas. Modificaron un par de dichas pelucas de un tono parecido al de nuestro cabello, recortándolas y peinándolas para darles un aspecto más varonil.

Con ellas, el órgano, las guitarras y la batería fuimos al aeropuerto otra vez muy temprano, como cinco semanas antes. Alegres y contentos, a pesar del madrugón, subimos a bordo de un Caravelle como el de la canción “El vuelo 502” de Los de la Torre. Nos sentíamos importantes y entramos en el avión en tromba para ocupar asientos de ventanilla. Me senté en la última fila dispuesto a disfrutar del agradable acceso de adrenalina que me producían los despegues.

Tras un rato de plácido vuelo, el sonido de los motores que yo oía en perfecto estéreo desde mi asiento de cola se enmudeció en el canal derecho y el avión inició un súbito descenso. Sí, no sé si alguien más se percató de ello, pero parecía evidente que el motor derecho se había parado, sin embargo, a los pocos segundos oí como entraba en funcionamiento lo que me pareció un tercer motor, pues el nuevo sonido no procedía de mi derecha sino de atrás y era más bronco que el anterior. Fuera lo que fuese, la nave se estabilizó.

Sin más incidentes llegamos a Madrid. En el aeropuerto esperaba el Jefe de Ventas de nuestra discográfica que haría de representante y cicerone en aquella ocasión. Primero fuimos a los estudios de Prado del Rey para dejar los instrumentos, luego al Hotel Madrid, en la Plaza del Callao, donde había habitaciones reservadas y desde allí emprendimos el recorrido por las emisoras de radio.

La entrevista más importante, como ya dije, era en Radio Madrid, de la cadena SER (Sociedad Española de Radiodifusión) como nuestra amada Radio Barcelona, donde se había iniciado nuestra ascensión. Allí nos condujeron hasta un lujoso despacho, decorado en tonos claros, donde fuimos presentados a Joaquín Luqui. Esta vez no se trataba de una entrevista al uso, en un estudio, ante micrófonos, con un locutor cómplice y nuestro disco sonando entre los bloques de preguntas y respuestas, sino de una pura transacción comercial. En ningún momento se habló de la calidad de nuestra música ni de si el grupo era bueno o malo, guapo o feo; Luqui se limitó a exponer sin recato la tarifa por ocupar durante una semana un puesto en su lista de los más vendidos; una cifra exorbitante por un número uno que se abarataba en orden a una menor “principalidad”.

Mientras escuchaba como mero testigo -que es lo que éramos- la árida conversación entre nuestro Jefe de Ventas y Luqui, me iba quedando helado y mi fe se iba diluyendo como un azucarillo en agua. No importaba nada nuestro esfuerzo por ser mejores cada día, ni el talento ni las diez o doce horas diarias de ensayo, ni las privaciones que habíamos soportado para llegar a ser lo poco que éramos. Cualquiera que pudiera pagárselo podía estar en el número uno de aquella lista.

La humillante negociación concluyó con el “alquiler temporal” de un puesto catorce -o algo así-, que era lo todo que nuestra modesta compañía estaba dispuesta y posiblemente podía pagar.

Salimos de allí tras una gélida despedida y me costó un buen rato asimilar completamente el significado de lo que acababa de suceder, pero las conclusiones fueron determinantes: acababa de serme revelado el secreto del éxito y la fama en el mundillo de la música en España, y si aquello era todo, no era mi deseo seguir participando en aquella farsa. Lo que yo quería era tocar; tocar todos los días y ganar con ello para vivir si era posible. Lo de la fama y todo lo que la rodea me importaba un rábano. A mí sólo me interesaba la música, bueno, tambien mis otros dos amores: Marita y mi isla.

La traca final.

Llegó por fin el esperado momento y principal motivo del viaje; la actuación en “Estudio Abierto”. El cabreo general por lo que había sucedido en el despacho de Luqui y la mutua antipatía que nos profesábamos con Iñigo, nuestro anfitrión, nos impulsó a urdir una venganza contra aquel mundo de mentira y alienación en que ambos campeaban triunfantes, aprovechando la única cosa cierta de todo aquello: el programa se emitía en directo.

Como ya dije, los que teníamos el pelo más largo, Xavier y yo, deberíamos usar pelucas de cabello corto que ocultasen el nuestro. El maquiavélico plan consistía, para empezar, en no hacer la mímica del tema que sonaba, sino de otro, para hacer evidente que aquello era playback, y la guinda sería que al final saludaríamos al público con una reverencia, quitándonos al tiempo las pelucas como si fueran sombreros, para demostrar que hasta el pelo era falso. Sabíamos que aquello sería un escándalo que podía reportarnos el veto in eternum en aquella santa casa y, por ende, el fin de nuestra carrera, pues es sabido que quien no sale en la tele no existe (o, al menos, no vende discos), pero estábamos tan furiosos y decepcionados que no nos importaba.

Llegó la hora de la verdad. Ya estamos en medio del plató: Paco a la derecha en primer plano, Toni en el centro con su órgano Vox, un poco más atrás entre ellos estaba Roberto sentado a la batería, y en último término los portadores de peluca: yo, detrás de Toni, y Xavier a la izquierda, sentado ante un piano de cola que no sabía tocar.

Hoy nos visita un grupo de Barcelona. Ellos son: Mi Generación -proclamó sin mucho entusiasmo Iñigo ante la cámara-.

A la orden de un gesticulante regidor y un gran rótulo luminoso el distinguido y disciplinado público presente empezó a aplaudir, todos a una, e igualmente dejaron de hacerlo cuando éste se apagó. Atacamos “Di por qué” con seriedad, reservando la venganza que, según el adagio, se sirve fría, para segundo plato.

A esa canción, nuevamente aplaudida por unanimidad y por decreto, siguió un buen rato de espera hasta nuestra siguiente y postrera actuación en televisión como Mi Generación.

La presentación difícilmente pudo ser más escueta y desabrida: “Y ahora… Mi Generación”. En parte, aquello fue el último empujón que faltaba para atrevernos a ejecutar el plan.

El segundo tema era 26-7-71. La feroz iluminación blanca no nos permitía ver las caras de la gente que llenaba el auditorio para saber si se percataban del cachondeo que nos llevábamos, pero nos moríamos de risa haciendo que ni la acción de las manos ni los labios coincidieran para nada con lo que estaba sonando. No obstante, no osaba mirar a Iñigo, cuyo ceño imponía más que una pareja de la Guardia Civil, pero de reojo, le veía -o más bien le intuía- enfureciéndose por momentos.

Llegó por fin el absurdo fundido con que terminan casi todas las canciones en los discos y que en televisión resulta especialmente patético, ya que los cantantes no saben que cara poner y los músicos no saben cuándo deben dejar de rascar sus instrumentos. Cuando los últimos sonidos del play-back se desvanecieron en el estruendo del aplauso reglamentario, correspondimos a éste con una anárquica reverencia acompañada por el gesto de quitarnos unos imaginarios sombreros que, en el caso de Xavier y mío, arrancó las recatadas pelucas que ocultaban nuestras largas y proscritas cabelleras que agitamos con el fin de hacerlas más notorias.

¡Qué gran momento!, digno de los Hermanos Marx, pero que más allá de lo histriónico, expresaba una protesta en toda regla contra aquel “sistema” que nos obligaba a simular y disimular a la vez para amoldarnos a un estereotipo al que no pertenecíamos, y aquella manifestación de rebeldía tenía lugar ante las cámaras de la mismísima televisión Nacional y debió ser vista por millones de espectadores de aquel programa de máxima audiencia.

Ignoro cuanto tiempo permaneceríamos aún en pantalla, supongo que el realizador reaccionaría con presteza ante aquel amotinamiento sin precedentes y debieron ser sólo algunos segundos. También supongo que debimos ser los últimos pues unos momentos después la grotesca escena desembocaba en un agrio enfrentamiento con un furioso Iñigo, a cuyos insultos yo personalmente respondía con mis argumentos hasta que fui expulsado del estudio junto con algún otro de mis compañeros. Lo último que recuerdo es haber sido arrastrado al exterior por una puerta lateral, mientras Iñigo, desde la distancia, gritaba una frase que aún resuena en mis oídos: “¿Qué se habrán creído estos hippies de m…, que me van a joder a mí el programa?”.

De vuelta al hotel acompañados por nuestro Jefe de Ventas -que a pesar de todo no nos abofeteó-, supimos que, ante tamaño desplante, Televisión Española se negaba a abonar el importe de nuestro desplazamiento y estancia que era lo único que pagaba a los artistas de medio pelo (qué paradoja) que rellenaban sus espacios en busca de fama, pese a lo cual la compañía se hizo cargo de todo.

Ahí acabaron para siempre mis deseos de ser famoso.

Volvimos a Ibiza con las orejas calientes pero la conciencia tranquila, más bien orgullosos de nuestra hazaña. Aquí esperaba nuestro público, que nos adoraba tal como éramos, nuestras chicas y nuestros amigos, que dijeron no haber visto nada raro, sin duda gracias a la rapidez de reflejos del curtido Fernando Navarrete, que encubrió nuestra rebelión con planos largos, y los estrafalarios movimientos de cámara que había puesto de moda Valerio Lazarov. En la vitrina a la entrada del Nito’s habían colocado otra vez unas fotos de tan memorable actuación, tomadas directamente de la pantalla de algún televisor. Aquella misma noche reanudamos la temporada y olvidamos el asunto hasta ahora que lo estoy rememorando por escrito.

¡Era cierto! Aunque demasiado tarde, por fin pudimos comprobar que salir en la “tele” aumenta las ventas de discos. A la vuelta de nuestra gloriosa última aparición en televisión descubrimos que nuestro álbum se había puesto repentinamente a la venta en la tienda de souvenirs y discos de la calle Progreso. Raudos como el viento, fuimos y los compramos casi todos, pues ya se habían agotado los ejemplares que nos había facilitado la compañía para disfrute propio y de allegados. No recuerdo si tuvieron el detalle de hacernos descuento.

(Continuará…)

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4 comentarios to “HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 18”

  1. Unodel53 Says:

    Vaya, vaya…que la sonrisa ante la cámara es una cosa, y en la trastienda es otra……la de buena gente que debió ver cerradas las puertas por no tener pelas, y por tener “pelos”…….¡¡¡claro, solo tenian amor a la música!!, y comercialmente eso no está permitido…….

  2. Miquel Moreno Says:

    jaja que buena anécdota, me quito la peluca, perdón el sombrero, ante Mi Generación. la cara que se les pondría a Iñigo y cía.
    Seguro que el tema de las pelas es igual a salir en listas sigue igual, lo único es que a lo mejor devez en cuando y gracias a la posibilidad de difundir uno mismo su trabajo a través de la red, etc pues se puede conseguir alguna cosa.
    La cantidad de dinero que pagarían los de la emi para subir a Los Diablos, aunque bueno por mucho que pagues si la canción no le entra al público…. Y supobgo que para un gran público es más digerible un “Rayo de sol”, “Macarena”, Asereje”… que un “26-7-71”
    Por cierto como está actualmente el tema de conciertos y salas donde tocar en Ibiza.

  3. David Says:

    Buenisima la anecdota, al mismo tiempo que deja un poso muy amargo sobre como funciona el mundillo musical…antes y ahora…
    Por cierto que paradoja que Iñigo se pusiera como se puso por unas pelucas cuando él ha estado usando una durante décadas!!!Las gracias del destino!!

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