HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 17

Seguimos en la misma noche del 1 de Abril de 1972. El día más largo.

Muy contentos; exultantes, regresamos a nuestra nueva residencia caminando, y el camino se nos hizo largo tras una actuación tan intensa.

Habíamos repartido las camas manteniendo un difícil equilibrio entre preferencias, y a un servidor le tocó uno de los sofás en ángulo del salón de arriba, junto a Paco. Pero el objeto de discordia, naturalmente, fue la suite con cama de matrimonio que decidimos proclamar de uso rotatorio hasta la llegada de Rosi, la paciente novia de Paco, que vendría a reunirse con su amado a finales de mes, con el nada banal objetivo de contraer aquí el largamente postergado matrimonio, promesa arrancada a cambio de permitirle marchar por tanto tiempo a un lugar tan lleno de peligro acechando en forma de suecas (mítica especie en aquellos años, tan temida por las españolas, como codiciada por los españoles), con el cuento de que iba a ganar un buen dinerito para la entrada de su futuro e hipotético nido conyugal.

Nos dormimos al amanecer y yo fui el primero en despertar a media mañana en una estancia llena de luz. Ni un ruido, sólo el leve rumor del mar. Seguíamos en el paraíso.

De nuevo me sorprendió aquel aroma penetrante. Al bajar al piso de abajo, me quedé muy sorprendido de encontrar a un desconocido, joven, de pelo lacio y relativamente largo, peinado con raya, sentado en el sofá con cara de aburrimiento y hojeando unos papeles que tenía ante él sobre la mesita. Al percatarse de mi llegada volvió la mirada hacia mí, que estaba en calzoncillos, y con toda naturalidad dijo algo así como:

– ¡Vaya horas!-. Y prosiguió:

– Buenos días, tú eres de Mi Generación, ¿no?. Soy del Diario de Ibiza y he venido a haceros unas preguntas, pero estabais todos durmiendo. ¿Me respondes tú mismo?.

Aún adormilado, accedí sin hacerme muchas conjeturas sobre si lo suyo era llaneza o pura desfachatez y contesté a su cuestionario con una formalidad impropia de nosotros. Aunque sus preguntas fueron también retóricas y no profundizaban en ningún aspecto interesante, me di cuenta de que era inteligente y mordaz. Me cayó muy bien. Luego, me dio la bienvenida a la isla, las gracias y se fue sin presentarse, o tal ya vez lo había hecho pero yo no me enteré. Era el joven y luego magistral Mariano Planells, de quien sigo leyendo artículos y comprando libros siempre que tengo ocasión, y con quien mantengo una etérea amistad que sólo se hace patente en cada una de las esporádicas veces que nos encontramos.

LAS MOBYLETTES Y LAS NÓRDICAS

Ambos lujos se incorporaron también a nuestras vidas a los pocos días de haber llegado.

En 1972 circulaban relativamente pocos coches por San Antonio y por la isla en general. El medio de transporte más común era la Mobylette. De hecho, al llegar al Nito’s la primera noche no encontramos apenas coches aparcados frente a la puerta, pero sí una larga batería de ciclomotores que ocupaba casi toda aquella acera de la calle Balanzat. La Mobylette y el cenallò (cesto típico ibicenco de paja con largas asas que permiten llevarlo colgado) se complementan perfectamente y todo el mundo los usaba en aquella época, desde hippies hasta directores de hotel, pasando por payeses y empleados de banca.

El Garaje Turrens, el taller de motos de la calle San Antonio, que empezaba a reconvertirse en tienda de artículos deportivos (Deportes El Coral), exhibía en un privilegiado escaparate contiguo que hacía esquina a la Plaza de España, un nuevo modelo de la popular marca francesa, la Mobylette Trial, que emulaba a las motos de trial con sus grandes ruedas de tacos, su manillar alto y su color amarillo que le confería cierto aspecto poderoso y deportivo muy atrayente para los jóvenes, la mayoría carentes de recursos o permiso para conducir motos de mayor cilindrada que aquellos miserables 49 c.c.

Sin pensárnoslo demasiado, entramos y solicitamos seis de ellas (una también para Rosi como regalo de bodas) ante la incredulidad del dueño, que probablemente no había hecho nunca una venta semejante en una mañana. Yo me conformé con una vulgar “Cady”, ya que ni en el  garaje tenían tantas, ni yo paciencia para esperar una o dos semanas.

Con aquellas humildes motos, nuestra existencia como banda adquirió un segundo significado ya que, como seguíamos yendo juntos a todas partes, se acrecentó la notoriedad del grupo al hacerlo ruidosamente sobre aquellas monturas con las que se sobrepasaban fácilmente los 60 Km/h., con las melenas al viento que nos conferían cierto aspecto de banda de moteros tipo Easyrider o Hell’s Angels, según el día.

Esta notoriedad en un lugar pequeño y pacífico como San Antonio, donde la Guardia Civil seguía practicando de vez en cuando redadas de hippies (peluts, como les llamaban aquí), que acababan pelados y en el calabozo hasta su expulsión de la isla, no era exactamente lo más conveniente, pero pocas veces hacíamos lo más conveniente.

Nos convertimos rápidamente en una especie de proscritos, acusados de perturbar la tranquilidad del pueblo con las constantes idas y venidas en grupo.

A continuación llegaron las nórdicas. Inge, romántica y adorable danesita, tuvo el honor tan modesto como molesto de inaugurar con su culito de manzana el duro y reducido portapaquetes de mi Mobylette. Con sus brazos rodeando mi cintura, y los pies sobre los pedales que debían ocupar los míos, soportó valerosamente tanto mi impericia, como los baches y piedras del camino y se dejó llevar sumisamente al solitario apartamento.

Pero tras su marcha, fue una pequeña sueca, Marita, quien inauguró mi corazón y lo ocupó por el resto de la temporada y algunos años más.  Marita se quedó a vivir conmigo desde la misma noche en que nos conocimos, y nunca volvió a su habitación de la pensión Rita más que a recoger sus cosas, conviertiéndose rápidamente en una más de la feliz familia Mi Generación, entre quienes era cariñosamente llamada “La Rubita”.

Para ella hice instalar en mi Mobylette un asiento largo y unos reposapiés para que no tuviera que viajar con las piernas colgando. En el taller me advirtieron de que aquello no era legal, ya que no estaba permitido llevar pasajeros en un ciclomotor, pero me daba igual, Marita no era un “ligue” más en la lista, sino la definitiva confirmación de que Ibiza era el Paraíso Terrenal.

“A TODO RITMO”

La primera de las excursiones a Madrid pactadas de antemano con el dueño del Nito’s llegó pronto. El 27 de Abril.

Por fin: la gran oportunidad. Íbamos a presentar nuestro nuevo disco en uno de los pocos programas musicales que había en televisión en aquella época, éste no era un magazine de tarde para amas de casa como el de Raúl Matas. Esta vez se trataba del emblemático “A todo ritmo”, presentado por José Domingo Castaño, paradigma de la modernidad saltarina y pop, que se emitía los domingos por la tarde, en hora de máxima audiencia juvenil e infantil y por el que desfilaban los grupos y cantantes más punteros.

Subimos al avión aquella mañana con los instrumentos -incluída la batería-, sabiendo que tampoco esta vez íbamos a producir sonido alguno con ellos. Aquello nos contrariaba bastante, pero aún nos aguardaba una sorpresa mucho más desagradable.

El mismo problema de profusión capilar que unos años antes me había obligado a abandonar mis dos empleos decentes volvía a presentarse, pero ahora revestido de un tinte aún más absurdo e inaceptable. Ya no era un vendedor de billetes marítimos que debiera dar a los clientes la impresión de que ni el barco ni las buenas costumbres corrían riesgo de hundirse, ni un aspirante a diseñador de anuncios en papeleras que pudiera inocular el germen de la subversión en las cándidas mentes de sus jóvenes colegas, ahora soy el bajista de un grupo profesional con estilo propio, con dos singles y un álbum en la calle, que había copado los primeros premios de un festival, por poco renombrado que éste fuera; coautor de la canción con la que habíamos arrasado allí, y de las dos que veníamos a presentar aquí, a nivel nacional, en un espacio de máxima audiencia, al que no tenía acceso cualquier principiante y me vuelven a salir con el cuento de que:

NO PODEMOS APARECER EN TELEVISIÓN CON EL PELO TAN LARGO

Al ser la primera vez que nos sucedía nos pilló por sorpresa, ya que estábamos hartos de ver artistas, sobre todo grupos extranjeros (en el mismo programa coincidimos con Demis Roussos) con tanto o más pelo que el nuestro y el convincente razonamiento con que replicaron a las reiteradas protestas fue: que no era lo mismo. Por lo que entendimos, ya se sabía que los forasteros eran todos unos degenerados, pero los españoles (reserva espiritual de occidente) teníamos la obligación lucir un aspecto varonil. Los varones, claro.

Las malas lenguas endémicas de la casa rumoreaban en cambio, que la verdadera razón era la aversión por los melenudos que sentía el señor ministro de Información y Turismo, jefe supremo del asunto, (a la sazón Sánchez Bella, cruelmente motejado como “La bella Sánchez” por aquellos malos bichos) porque -decían, insisto- “su señora le ponía los cuernos con uno”. Yo, ni entro ni salgo en eso.

Por supuesto, nos negamos a dejarnos cortar el cabello tal como pretendían, pero hubo que transigir como mal menor con que nos practicaran un recogido en forma de moño en la nuca. En los días en que escribo esto sería perfectamente normal, pero en el 72, parecía más ridículo por afeminado (justo lo que decían querer evitar) que innovador. La verdad es que parecíamos unas folclóricas.

Nosotros ya habíamos puesto de nuestra parte, a partir de ahí el resto dependía de los operadores de cámara que en todo momento deberían enfocarnos de frente, eludiendo cualquier toma de perfil que descubriera el pastel. No obstante concitamos la complicidad de un joven cámara que, solidario de la causa, prometió en secreto y con la aquiescencia del grupo, hacerlo a la menor oportunidad.

Estuvimos mucho más pendientes de nuestro compinche que de la entrevista y luego de la mímica, pero cada vez que su cámara se desplazaba lateralmente buscando el plano delator, el piloto rojo que lucía en lo alto se apagaba como por casualidad y es que el realizador no permitía insubordinaciones, aunque fueran disimuladas.

De vuelta en San Antonio, los conocidos nos recibieron como a unos héroes: volvíamos coronados con los laureles de la televisión.

Mientras tanto, habían llegado la Semana Santa y Rosi. El club permaneció cerrado el Jueves 27 y el Viernes 28 (Viernes Santo), pues en esos días sólo podía sonar música sacra y, la nuestra, más bien no lo era, así que no hubo actuación hasta el Sábado a medianoche; eso sí, con el público llenando desde una hora antes aquella sala extrañamente silenciosa, y esperando con paciencia a que dieran las doce para que se autorizase el comienzo.

(Continuará…)

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2 comentarios to “HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 17”

  1. Mariano Planells Says:

    Jo, que memoria manejas, Pepe.
    Ya ni me acordaba de esto.
    es cierto que en aquellos años yo solía escribir bastante de música y de arte.
    Después ya con más calma disfruté de vuestra música en el NIto’s.
    Te felicito por estas memorias, muy amenas y que me imagino que serán apasionantes para quienes participaron.
    Un abrazo
    Mariano

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