HISTORIA DE MI GENERACIÓN. 15

EL GLORIOSO DESEMBARCO DE MI GENERACIÓN EN IBIZA

Y por fin, la soleada mañana del 1º de Abril de 1972 despertamos llegando al puerto de Ibiza.

Tenía el aspecto vetusto de un típico puerto pesquero, y la ciudad vieja (Dalt Vila) encaramándose por la loma culminada por el castillo y la Catedral, con su torre y su reloj, apenas me impresionó entonces. Nada que ver con Blanes o Salou.

En el muelle había un destartalado camión Ebro descubierto con cabina roja, y muy poca gente a aquellas tempranas horas para recibir a algún pasajero, pero nadie parecía interesarse por cinco peludos asomados en la borda.

Bajamos el equipo por la empinada pasarela, sentíamos como si el suelo aún se moviera bajo nuestros pies y nos sentamos a esperar a quien se suponía que debía estar esperándonos. Por fin, se acercó sin prisas un joven con bigote que procedía del bar de enfrente. Tranquilo y sin dar la menor excusa por su tardanza preguntó si éramos los músicos de Barcelona. Creo que ambas cosas eran bastante evidentes.

Mallorca ostentaba el título, pero supe que habíamos llegado a la verdadera “isla de la calma”.

Dijo llamarse José Miguel y que le enviaba Nito para llevar los instrumentos a San Antonio. Una vez cargados, le preguntamos por dónde se iba, pensando en algún lugar cercano al que se podía ir andando, entonces nos dijo que se trataba de un pueblo y que si queríamos podíamos ir también en el camión. Por primera vez, oí algo de que no era a la capital a donde veníamos. A primera vista, me pareció fea y provinciana, pero aún sentí un escalofrío mayor recordando algunas desagradables experiencias en pueblos de Cataluña en los que habíamos tocado. ¿Dónde nos hemos metido? pensé.

Xavier, el nuevo patriarca, se acomodó en la cabina y los demás trepamos a la plataforma, y acodados en la barandilla, cual avezados marinos sobre el puente, emprendimos la segunda singladura del viaje.

Subimos por la avenida Bartolomé Rosselló, pasamos ante a un poste de gasolina plantado como un árbol en medio de la acera de la izquierda, al llegar a Ignacio Wallis torcimos a la derecha y pasamos entre edificios más modernos que aquellos del puerto de sabor recoleto y marinero, de las primeras décadas del siglo éstos, de variados estilos, o mejor dicho, carentes de estilo, que acentuaron mi primera impresión de la ciudad, que ahora me parecía aún más desabrida.

Pronto enfilamos la carretera de San Antonio, y a medida que la ciudad quedaba atrás, las feas construcciones eran sustituidas por campos verdes y floridos, salpicados de árboles que yo entonces ignoraba que eran algarrobos, olivos y almendros, y blancas casas diseminadas por el paisaje. El camión ascendió penosamente una tortuosa cuesta y al salir de la última curva atravesamos un pueblecito que resultó ser San Rafael, pero afortunadamente –pensé para mí-, tampoco era aquel el lugar de destino para Mi Generación. Comenzamos a descender suavemente y, pasado un repecho -de repente: el espectáculo-, apareció ante nuestros ojos, muy lejos y muy abajo: el mar; próxima a la costa otra isla, más pequeña y más próximo, al final de la carretera que se tornaba completamente recta, un pueblo con algunos altos edificios que se parecía más a mi idea de un enclave turístico. Respiré aliviado al intuir que aquel sería el final del trayecto.

Habiendo descendido lo suficiente como para perder totalmente la perspectiva que proporcionaba la altura, entramos en un onírico túnel vegetal formado por grandes plátanos, geométricamente plantados a ambos lados de la carretera, cuyas copas se entrelazaban sobre nuestras cabezas, produciendo un fantástico ambiente de invernadero bajo el sol que ya empezaba a ser alto y potente.

Pasamos frente a un llamativo muro de piedra sobre el que lucía un rótulo que rezaba “Sa Tanca” y me resultó bastante exótico, pues no conocía la existencia del artículo salado del Catalán, lengua que no se enseñaba en las escuelas y que nunca había osado intentar hablar, a pesar de conocerla, por miedo al ridículo y por mi condición de hijo de emigrantes en Cataluña. El apelativo de “xarnego” pesaba como una losa.

De repente, la blancura fulgurante de San Antonio me sacó de mis reflexiones al salir de aquella grata penumbra: la playa, embarcaderos, barcas turísticas y cierto bullicio a la izquierda; casas de dos o tres plantas y algunas terrazas casi vacías a la derecha, sol y palmeras dominándolo todo. El camión se detuvo al final del paseo, en la esquina de las calles Balanzat y Santa Inés y allí estaba, por fin, el Nito’s Club.

La entrada no era nada espectacular: el atrio de un edificio moderno de cuatro alturas. A la derecha una escalera ascendente que conducía a un bar, el Tristán, y a la izquierda, otra descendente era la modesta entrada del club. Se abrió una ruidosa reja metálica y, tras ella, apareció un señor con gafas con montura de pasta negra y marcado acento cubano, que nos recibió sin mucho entusiasmo y dijo llamarse Adolfo.

Bajamos los ocho o diez escalones, le seguimos al interior y nos encontramos en una sala, no excesivamente grande (creo que el aforo era de 180 personas, pero sé que durante el verano solían haber entre 300 y 400), con falso techo de mimbre a muy poca altura. Parecía una típica boîte de Barcelona de los sesenta. Desde el nivel superior, donde estaba la barra, se dominaba un valle de sofás de obra cubiertos de cojines de tela escocesa en rojo y negro, mesitas de madera, cuadradas y bajas, y taburetes haciendo juego. Muchos pilares -ya que era un sótano-, algunos con espejos y apliques de luz. La pista de baile era grande y rectangular y el escenario, a poco más de medio metro sobre el suelo, apenas podía albergar a un músico alto sin peligro de golpearse la cabeza contra el techo durante un acceso de fiebre rockera.

Aunque la iluminación de limpieza no favorecía mucho al conjunto en aquellos momentos, la primera impresión fue buena.

El escenario no era grande pero tenía ambientillo, prometía. Sin embargo, se nos presentaba un inesperado inconveniente: había otro instrumental montado, el del grupo que actuaba allí los domingos por la tarde y que deberían haberlo retirado, pero no lo habían hecho, seguramente como señal de disconformidad, ya que parece ser que Nito también había estado negociado con ellos la temporada. Por indicación de Adolfo, pero no muy convencidos de no estar aumentando el agravio, lo retiramos con todo cuidado y luego acometimos la pesada labor de descargar y llevar hasta allí el abultado equipo que habíamos traído (todo cuanto poseíamos) e instalarlo.

Cuando estuvo todo a la vista comprobamos que no cabía y después de muchas pruebas, Adolfo sugirió la posibilidad de colocar los enormes bafles de voces horizontalmente sobre la pista, por encima del falso techo y apoyados en las vigas que lo sostenían, original solución que adoptamos como la menos mala, a pesar de la tremenda dificultad y esfuerzo que suponía y rogando al cielo por gustar, para que la temporada durase el tiempo estipulado y no tener que repetir la operación, pero a la inversa, al día siguiente. Ah, y también por que las vigas soportaran el peso.

Concluido todo el montaje, fuimos conducidos hasta el apartamento que habían alquilado como residencia. Nos llevaron calle arriba hasta las afueras, luego girando a la derecha tomamos la carretera a Cala Grassió y enseguida nos desviamos a la izquierda por un ancho camino, polvoriento y lleno de baches, que recibía el pretencioso nombre de “calle” de Vara de Rey.

A lo lejos se erguía solitario Los Albares, un edificio blanco cuya sombra nos recibió fresca y acogedora al final de la travesía de aquel desértico paraje. La portera nos acompañó por la escalera exterior de baldosas rojas y blanca balaustrada de obra hasta el ático (un cuarto piso) y abrió la puerta de en medio de las tres que habían.

Acostumbrados a sombrías pensiones o anodinos apartamentos de verano con muebles funcionales, situados en bloques-colmena de acero y hormigón, éste era una maravilla, rezumaba estilo por todas partes, era el confort y el lujo burgués entendidos al modo ibicenco.

Otra vez, baldosas rojas y paredes blanquísimas. Un inolvidable aroma, mezcla de mar y aceite de linaza flotaba en el aire. A la izquierda un dormitorio doble, un cuarto de baño y el distribuidor desembocaba, dos escalones más abajo, en un salón alfombrado, con chimenea, tresillo tapizado de terciopelo y una mesita baja, profusamente iluminado por una gran cristalera de cuatro hojas que daba paso a una hermosa terraza frente a la isla de Conejera y casi a plomo sobre el mar, que quedaba a sólo cinco o seis metros del edificio.

Del salón partía una escalera interior que conducía al piso de arriba, pues (¡oh, sorpresa!) se trataba de un dúplex, y allí emergía en medio de un salón comedor, aún más luminoso que el de abajo, pues, tanto la terraza, como la cristalera en esta planta, eran aún mayores. Así mismo, estaba provisto de chimenea y dos grandes sofás de obra formando rincón, que habían sido habilitados como camas. En ese piso se encontraban también la cocina y una especie de suite compuesta por un dormitorio con la única cama de matrimonio existente (en el futuro habrían carreras por llegar primero), cuarto de baño y terraza privados.

El apartamento, además, estaba amueblado y decorado con gusto: alfombras persas y óleos de estilo cubista, y disponía de agua caliente y calefacción central. ¡Toma lujo!. El precio también era de lujo, pero estaba a nuestro alcance: catorce mil pesetas al mes y cada uno de los miembros del grupo cobraría la cifra astronómica para la época (y máxime, por el hecho de estar una vez más al borde de la indigencia) de mil doscientas setenta y cinco al día, si la memoria no me falla.

Pero el mayor lujo aún estaba por descubrir.

La misma portera nos informó de que debajo mismo de casa se podía comer algo en El Rey de Copas, un bar-restaurante de cuya presencia no nos habíamos apercibido a la llegada, porque tenía la entrada por el lado opuesto, frente al mar.

El Rey de Copas, visto desde el otro lado, era sorprendente, tan próximo al mar, que no se podía transitar frente a él si no era en barca o por las rocas. Un pequeño área de esas rocas ante el edificio había sido rellenado con cemento y algo de arena, formando una agradable terraza hasta la que se acercaban algunos conocedores del lugar a tomar el sol junto a una cerveza y darse una zambullida, siempre que estuvieran dispuestos a vérselas con las nutridas colonias de hermosos y bravos erizos que habitaban la zona, y que agazapados bajo el agua, sólo eran visibles cuando se intentaba salir de ella.

LA PUESTA DE SOL

El impagable lujo al que me referí anteriormente lo descubrimos un poco más tarde. De vuelta al apartamento y tras cumplir la tarea más urgente: instalar el tocadiscos Dual, propiedad de Toni y mientras sonaba “Sweet Baby James” de James Taylor, la luz que entraba a raudales desde la terraza se empezó a volver de un rojo intenso. Entonces nos asomamos curiosos.

El Sol, una gran bola de fuego, estaba ya muy bajo sobre el extremo sur de Sa Cuniera (La Conejera) y presenciamos la más fantástica puesta de sol que habíamos visto jamás. Para mí la más bella del mundo que conozco, y algo de eso debe de haber, ya que, años después esa zona de la costa de San Antonio se ha convertido en lugar de peregrinación internacional, al que acuden multitudes de fieles de todo el mundo para presenciarla con un fondo musical no muy distinto al que yo disfrutaba aquella tarde de 1972 -sólo que ahora se llama “Chill-out”- desde el Café del Mar, o alguna otra de las múltiples terrazas que han proliferado por aquella antaño solitaria zona de Ses Variades, haciendo que casi nadie se acuerde ya de que el pionero Rey de Copas era un simple bar de tapas.

Mientras la gran bola se hundía en el horizonte marino, que se tornaba brumoso como si hirviera a su contacto, el faro de la pequeña isla empezó a emitir sus amistosos destellos transmitiéndome cierta inesperada sensación de protección. Cada noche velaría nuestro sueño desde aquel inmenso mar. A Toni se le ocurrió decir que era un tío que nos guiñaba el ojo y así lo nombraríamos en adelante. La paz y la serenidad invadieron el universo de una armonía perfecta, la belleza era indescriptible. Desde aquel momento sucumbí en un rendido amor a esta isla y supe que yo pertenecía aquí.

(Continuará…)

Volver a página principal / Home page

Anuncios

Etiquetas: , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: